
Mother, there is no other.
Mr T.
Se oyen los pasos a través del jardín cerrado. El cielo está roto y los pájaros negros del Régimen se alimentan en la lejanía de los molinos. Las aspas inmóviles, como estandartes de una batalla perdida. Espesura de adjetivos. Sí, ya lo sé, es inútil hablar del pan rojizo, desprovisto de concha, siendo seducido por un anarquista fuera de cuadro. Pero aún así, prosigo. Es la única manera que tengo de seguir un rastro perdido de antemano, un rastro hollado por la mano de Welles o Lang o algún otro director que no conozco.
Ella espera detrás de la puerta; está nerviosa pero a la vez tranquila, reuniendo una expresión en el rostro que pudiera recordar a los gigantes en su siesta, rodeados de naranjas. Sus orejas tontean con la madera oscura, jugueteo espongiforme: frrr frrr. “Me quiere, no me quiere, m’estima, no m’estima, ¿no me quiere? Maldito erizo trasnochado. Llevo aquí varios minutos y no sé si lo quiero. Sus brazos son fuertes y su olor me recuerda a los mozos de finca, ay, la finca que veía hace unos años mis dulces faldas desarrollarse en el abrigo del valle. Papá dormita en la butaca de las cartas pero mamá está presente en mi baile junto a estos goznes. Mmm. Huelo a carne humana, ¿crees que comeremos un poco esta semana? ¡Ven y cógeme, señor cualquiera!”
Las desiertas y tiritantes calles acogen la llegada de un carro tirado por un burro tuerto que en sus ratos libres se alimenta de colillas y whiskey de contrabando. No sé si cualquiera pero alguien se acerca a la casa de María. La velocidad de llegada no es muy grande y así pues me aparto de la puerta y me escondo bajo los higos chumbos. Cincuenta tornados arrasan Mississipi en este instante pero el joven melancólico que viene cantando es ajeno al apunte metereológico. “Y hay colgadas dos cruces, en el monte del olvido, por dos amores que han muerto, juegos de amor y vino (Silencio). ¡Qué agradable el campo! Todo está tranquilo y no hay maquis ni neonazis colgando en los olivos. ¿Qué será de mi esta noche de envoltura desconocida? El zumbido de Sonic Youth en los zarzales y perfumes como sonetos, saliendo de las vírgenes del camino. Peregrino, ¡cómo te seducen los sacerdotes de sus caderas! ¡María! ¿No es suficiente que la única democracia del país esté en la muerte?”
“Calla”, piensa el burro. “Tú no conoces la desdicha. Llevo atrapado bajo tu yugo varios años y el tabaco cada vez es más caro, un Chester, 10 céntimos de éstos, de los franquistas, la puta tos me está matando. Siempre viene por las noches. ¡Nadiuska! ¿Por qué cada vez que la veo, la ataco? Ven a mi, ¡soy tu Fritz!
Desde una ventana en las alturas, una mujer rechoncha y blanquecina abandona la búsqueda del bosón de Higgs para mirar al forastero. Una leve sonrisa se dibuja en su cara en expansión plana. Abajo, María ya ha abierto la puerta y recibe al desconocido con los brazos en jarra. Se miran, ¿se desean? Es difícil de deducir por las manos de ella o por los pantalones de él. No se hablan. El vehículo es ancho y espacioso, dispone de las últimas virguerías como mini-garrote-vil para las nueces y reposa crucifijos modelo Confesiones. “¡A prisa Miguel de Escarnio! Las acompañantes están al caer. No quiero seguir aguantándolas. Llévame lejos.” Se ponen en marcha. Me subo con ellos en el último momento. Algo me agarra de las Converse. Dos mujeres de edad media llevan pelusa blanca sobre sus mejillas pero es que además gimen y reclaman mi atención. Son las acompañantes de las que habla María. Con una expresión infantil se quedan con una de mis botas, saltando y blasfemando, agarrándose a su tela como las pinzas de un insecto. Antes de perderlas de vista, observamos los tres como aquellas des(gracias) se ahuecan en cóncavas zalemas orientales. Las manos en señal de súplica y sus vestidos floreados ardiendo.
“Ahm, llevas una trenza María,(…) ¿quién te la ha hecho?”
“¿Te has fijado? Tiene gracia. La señora Barraca. Una de las acompañantes. Es tan dulce e inocente. Es una lástima que me sigan a todas partes. Pero es su trabajo. Nadie se lo reprocha. Pero bueno, hoy estoy contigo. Nada más. A veces me siento encerrada como en un castillo. Es todo tan negro en misa…”
“Un castillo ¿eh? No te preocupes, esta noche te llevaré a través de los caminos. Dejaremos atrás pozos y viñedos quemados por el sol. Divirtámonos, ¡bebamos el alcohol que he guardado junto al torrente de Son Corb! Te gustará la mirada velada; nuestro escondite en las esparragueras.”
“No, yo no quiero beber. Si acaso agua. La cerveza me produce temblores en las pestañas y aún me quedan varios años hasta que conozca el dry martiny. ¡Para, para! El gesto del pastor se ha detenido junto a su amante, la luna descalza, ¿no los ves junto a los juncos abiertos en ritual martilleante? ¡Para!”
El burro, que no está para muchas bromas se detiene junto al vallado. Los grillos frotan sus patas en algarabía polifónica. ¡Qué bonito es el campo, cuando duermen las conejos y los fusiles se han oxidado junto a los caídos! María salta carro y alambre, está como poseída, se resiste a emborracharse, Miguel la sigue embobado y frustrado. “¿Por qué las mujeres no se rinden a los encantos de la ebriedad inducida?”, piensa él. No sabe que aún es pronto y que ellas se detienen ante las botellas demasiado acogedoras. Un rebaño de ovejas los rodea en pausado estertor. María aguarda expectante en el centro. No hay flautas que despidan a las nubes. Me coloco en una encina. Robert Graves come bellotas sin dejar rastro y desde un observatorio en Perú se descubre el asteroide Smetana rugiendo en su estela de fuego y hielo. Un búho atrapa a una rata y la sacrifica en una pira de guano.
“¡Vamos Miguel! Atrapemos a las ovejas. Ya habrá tiempo de vomitar en baños crepusculares, de armar las uñas en la caída de los sintéticos medicamentos. Ya habrá tiempo de llorar a nuestros amigos dormidos por el cáncer. Las ovejas son lo que tenemos, una persecución, un delirio animal más allá de los narcóticos y de las anfetaminas. ¡Bésame en el fulgor de la tierra y del excremento humilde y maleable! Pero antes alcánzame. A mi que voy tras nubes de lana y carbón. Deja que el tiempo se detenga en nuestra urna griega. O es que vols que et tapi es cap? Voule vous oranges?Je suis perdue”
Y allí va ella como un bólido. Los cabellos extendidos en veladas alusiones. Las garrapatas huyen emitiendo diminutos alaridos y Miguel la observa desde el camino. Cree amarla pero quizá ha llegado tarde. Las siluetas se diluyen tras la higuera. En tu fracaso está mi esperanza y mi futuro. Le morderás el cuello espeso de lavanda pero sin sorber la sangre que me va preparando las toallas, el vino y la agonía. Arde lo imposible en tus ojos Miguel.
Sólo encontrarás helechos entre los muslos blancos de mi madre.